Expansión de la Obra

HOJA DE FAVORES. DICIEMBRE 2017
Al mismo tiempo que la Obra se enraíza en Sevilla, nace en Jerez de la Frontera, de donde han llamado a Dolores con insistencia. Dolores acude a la salida del trabajo de las bodegas a hablar con los obreros y proponerles asistir a las reuniones que piensa organizar para ellos. Pronto se ponen en marcha dos secciones de hombres y tres de mujeres. La aventura andaluza no se limita a esas dos ciudades: Sevilla y Jerez. Se va extendiendo progresivamente a muchas otras: Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, San Fernando, Lebrija, Linares, Almería, Málaga, Jaén…
Ya una vez puesta en marcha la Obra, Dolores intenta responder a todas las llamadas que puede, procedentes de toda España: Toledo, Daimiel, Cuenca, Ciudad Real, Burgos, Santoña, Badajoz, Mérida… En cuatro años realiza 199 viajes por ese “mapa tan grande” del que le había hablado su confesor, el Padre López Soldado.
ROMA
En 1900, el Obispo de Sevilla, Monseñor Spínola, organiza una peregrinación a la Ciudad Eterna con motivo del Año Santo. Dolores forma parte del grupo. Desde hace un tiempo, una idea ronda por su cabeza: convertir las “Doctrinas” en una Obra permanente. Ese viaje a Roma la permitirá sondear a algunos miembros de las autoridades eclesiásticas para conocer su opinión al respecto y hacerse una idea más clara de la viabilidad de ese proyecto. Con ese fin visita al Padre Luis Martín, General de la Compañía de Jesús, al que pone al corriente de sus intenciones. El Padre General le hace orar lo ardua que le resultará la realización de la Obra que proyecta, pero no la desanima a acometerla, al contrario, antes de despedirla, le da su bendición “para la obra que iba a nacer”. Como si en lugar de un simple proyecto, se tratara ya de una realidad en marcha. En esos días, el 22 de octubre, hace un retiro en el sepulcro de San Pedro, donde recibe la confirmación de Dios para fundar un Instituto que diera continuidad a la Obra.
TOLEDO
Dolores regresa a Sevilla, decidida a poner en marcha el proyecto. Consulta con el Padre Tarín y éste le propone unos ejercicios espirituales en las Esclavas para ella y si podía reunir algunas amigas, mejor. Durante esos ejercicios se desvelan las últimas dudas y los últimos temores en el alma de Dolores. Sale de ellos más decidida que nunca a llevar a cabo el plan que Dios le había inspirado.
Lo primero que había que hacer era decidir el lugar en el que iba a nacer. El Arzobispo de Sevilla le prometía su ayuda en caso que decidiera inicarla en su diócesis, y otro tanto hacían el Obispo de Málaga y el Arzobispo de Toledo. Indecisa, Dolores consulta a su antiguo confesor en Madrid, el Padre López Soldado. La respuesta de éste es contundente: “Mi opinión, sin dudarlo, es que elija al Cardenal Sancha. La conoce desde Cuba, conoce la Obra, en sus manos y por él se ha formado la Asociación en Madrid, y como la quiere tanto a usted, lo tomará todo con gran interés. Además, considero a éste con más tupé que ninguno para que en este tiempo, gobernado por Canalejas, se ponga al frente de un Instituto que nace, así que vaya decidida a pedirle protección, que con ésta siempre cuenta”.
Efectivamente, el Cardenal Sancha es una antiguo conocido de Dolores. Habían coincidido en Cuba cuando Ciriaco Sancha era un simple sacerdote y Dolores una jovencita que se ocupaba de los pobres negros y mulatos. Se habían vuelto a ver en Madrid, ya Obispo el Padre Sancha, donde él había seguido con interés toda la labor de las Doctrinas e insistido para que Dolores fundara una Asociación. Ahora, Arzobispo de Toledo, le ofrece alguna ermita de las afueras o dentro de Toledo para que en ella instale el Instituto que desea fundar. Dolores elige la del Cerro de la Virgen de Gracia. El Arzobispo no sólo le hace donación de la ermita, sino que se ofrece para construir en el emplazamiento de la casa del ermitaño, las habitaciones necesarias según el número de compañeras con las que cuente para empezar. “¿Cuántas habitaciones quieres que te mande hacer?”, le pregunta. “Siete”, responde Dolores fijando ese número por los Dolores de la Santísima Virgen y no por el número de compañeras con las que cuenta, mucho más reducido: “una y ésta no segura”. Se trata de una joven sevillana, Dolores Bécquer, venida a Madrid en busca de una congregación religiosa en la que realizar su vocación. Pronto llegarán otras: María Manjón, viuda del General Salinas, la presidenta de Sanlúcar; Carmen Moreno, de San Fernando, Pepa y Petra Ayala, Teresa Segura, Dolores Navarro… Siete como Dolores había querido.
Con ellas y con su hermana Martirio, Dolores se traslada a Loyola para hacer unos ejercicios espirituales. Al término de los mismos, el 24 de septiembre de 1901, se firma un acta que marca el inicio de la Obra.



