De Toledo a toda la Península

HOJA DE FAVORES. MAYO 2019
Cuando Dolores Sopeña regresa a Toledo con las Constituciones aprobadas por el Santo Padre, tiene casi sesenta años; ella, evidentemente, no lo sabe, pero le quedan únicamente diez de vida. Si no sabe exactamente de cuánto tiempo dispone, presiente que no puede ser mucho, dado su estado de salud y los achaques que padece, cada vez más frecuentes. Cuando ella falte, otras personas tendrán que continuar la obra iniciada, por lo que a partir de ahora decide repartir su tiempo entre la acción directa y la formación de sus colaboradores.
La formación de los nuevos miembros del Instituto se lleva una buena parte de su energía, pero no le impide acudir a abrir nuevos centros allí donde la llaman. En Madrid, a un paso de Toledo, tiene un campo propicio para su acción. Dolores conoce bien las necesidades de los barrios pobres de la capital por haber empezado en ellos su obra unos cuantos años antes, y se mantiene en contacto con sus colaboradoras de la primera hora, que siguen esforzándose por ayudar a esa pobre gente. Por eso, en cuanto puede -en octubre de 1909- abre dos Centros en dos barrios populares, la Prosperidad (entre el pueblo de Chamartín y la Ciudad Lineal) y el Obelisco (lo que hoy es la plaza Manuel Becerra). Los tiempos no son fáciles. En España soplan vientos de radicales anticlericalismos, de nacientes socialismos, de violentos anarquismos, y los ánimos están soliviantados a causa de la muerte de Ferrer, el defensor de la escuela laica, tras los acontecimientos de las Semana Trágica de Barcelona. En esas condiciones, la llegada de las seguidoras de Dolores Sopeña a esos barrios pobres no puede ser observada más que con desconfianza, si no con manifiesta hostilidad.
Pero ellas no hacen caso de esa oposición. Actúan como han hecho siempre, ayudando a todos en lo que pueden. Les hablan de la dignidad humana a la que tienen derecho, de la necesidad de buscar hermandad y solidaridad en lugar de cultivar el odio de los unos hacia los otros. Y la actitud de los habitantes de la Prosperidad y del Obelisco cambia: a los pocos meses de su llegada, los Centros van tomando un ambiente propio, y en la lista de los afiliados figuran nombres muy destacados de la Directiva de la Casa del Pueblo. Cinco meses más tarde, la actividad de le Obra se extiende a otros dos barrios, Embajadores y Leganés.
Siendo Madrid la capital de España, considera Dolores que esta ciudad está llamada a ser sede central de la Obra. Una casa cedida por una simpatizante les permite disponer de momento de una residencia (aunque prestada) en la capital. Luego alquilan un piso en la Castellana. La idea es edificar la sede de la Dirección General, pero hay que esperar a disponer del dinero necesario: colocarán la primera piedra en la calle Francisco de Rojas, el 19 de abril de 1914, y la inaugurarán el 8 de enero de 1916. Antes hay que responder a necesidades más urgentes, atender a otras peticiones de apertura de centros.
Primero en Valencia, en el Grao y Marchelenes; luego en Vizcaya, en Asturias… Los problemas de vista empeoran, la diabetes que padece desde hace tiempo se agrava, provocándole una sed torturadora; se ha ganado un merecido descanso, pero no se lo permite. ¡El deber pasa antes que nada!



